El Abrazo que Despertaba Mundos

🌿 “El Abrazo que Despertaba Mundos”

Un cuento sobre Carlos y Mónica


1. El encuentro improbable

Carlos y Mónica se conocieron en un sitio de citas una tarde cualquiera, sin expectativas, sin pensar que algo grande pudiera suceder.
Lo que ninguno sabía era que, desde el primer mensaje, algo dentro de ellos reconoció algo muy antiguo.

Durante la primera semana hablaron cada día, a todas horas.
Las conversaciones fluían como si hubieran estado esperando ese encuentro durante vidas enteras.
Se reían, se abrían, compartían heridas, sueños, pasados, miedos… y no podían explicarse cómo dos desconocidos podían encajar así de rápido.

Había una frecuencia invisible entre ellos, como dos cuerdas vibrando al unísono en habitaciones separadas.


2. El primer encuentro

Cuando finalmente se vieron, aquella conexión se hizo cuerpo.

El primer abrazo no parecía un abrazo de dos personas que se acaban de conocer.
Era más bien el reencuentro de dos almas que habían estado demasiado tiempo esperando un segundo intento en esta vida.

Los ojos de Mónica se humedecieron sin querer.
El pecho de Carlos se abrió como una casa antigua que por fin recibe luz.

Aquella tarde se enamoraron.

No un enamoramiento superficial, sino uno
almado, energético, espiritual y corporal a la vez.
De esos que no se eligen:
se reconocen.


3. La magia de las siestas sagradas

A los pocos días, comenzaron a hacer algo que jamás olvidarían:

las siestas abrazados.

Para cualquiera parecería una tontería.
Para ellos, era un ritual sagrado.

Carlos cerraba los ojos sintiendo el calor de la espalda de Mónica,
y Mónica encontraba, apoyada en el pecho de Carlos,
un refugio que jamás había vivido.

A veces no dormían.
Solo respiraban juntos.

Ese calor humano curaba partes de ellos que nadie había tocado antes.

Allí, en ese silencio compartido, había
seguridad, rendición, infancia recuperada, presencia absoluta.
Ambos lo sabían:
era algo que no encontrarían fácilmente otra vez.


4. El intento de unir mundos

Con todo lo que sentían, intentaron unir sus vidas.

Lo hicieron con cuidado.
Despacio.
Un paso cada vez.
Tratando de adaptar sus rutinas, sus heridas, sus ritmos, sus miedos.

Pero había un problema que ninguno de los dos sabía nombrar:

ambos traían heridas antiguas que no estaban listas para convivir.

Carlos esperaba que el amor bastara.
Mónica esperaba que la calma que sentía con él sustituyera la que no encontraba dentro de sí.

Se querían con intensidad,
pero hablaban poco de lo profundo.
Conectaban desde el alma,
pero evitaban confrontar los nudos interiores.

La conexión era inmensa.
La comunicación, insuficiente.

Y así, poco a poco, lo que debía sanar empezó a doler.


5. La apertura de Mónica

Mónica se abrió con Carlos como no lo había hecho con nadie.

Le contó cosas de su infancia,
heridas que aún no cicatrizaban,
miedos que se llevaban generaciones,
historias que nunca había sido capaz de compartir ni con amigas cercanas ni con su propia familia.

Con Carlos, sin saber cómo,
se sintió vista y, por primera vez en años,
se sintió a salvo.

Pero esa misma apertura le hizo sentir vulnerable,
expuesta,
asustada.

Cuando una persona que ha sobrevivido cerrándose se abre demasiado rápido,
su alma tiembla.

Eso fue lo que ocurrió.

Y sin darse cuenta, empezó a temer la misma conexión que tanto había buscado.


6. Las proyecciones del miedo

Cuando el vínculo la empezó a desbordar, Mónica no sabía qué hacer.

No quería perder a Carlos.
Pero tampoco sabía sostener lo que sentía por dentro.

Así que su mente hizo lo que hacen muchas almas heridas:

  • confundió amor con peligro,
  • confundió apertura con pérdida de control,
  • confundió intimidad con amenaza,
  • confundió profundidad con miedo.

Y entonces comenzó a proyectar:

“Esto me estresa”.
“Es demasiado”.
“Me da angustia”.

Pero el estrés no era él.
La angustia no era él.
La intensidad no era él.

Era ella consigo misma.
Era su historia, no Carlos.
Eran las partes de sí que aún no podía mirar de frente.


7. La ruptura que ninguno entendía

Un día, casi sin hablarlo,
sin entenderlo,
sin procesarlo,
sin honrar lo vivido,
Mónica se apartó.

Carlos quedó confundido.
Ella quedó rota por dentro, aunque fingiera control.

Ninguno había querido realmente separarse.
Simplemente no habían sabido cómo sostener lo que sentían.

Ambos buscaban que el otro fuese sostén
de emociones que solo podían sostener ellos mismos.

Y eso, aunque duele,
es amor inmaduro.

Ese amor que no es malo,
solo es temprano.


8. El recuerdo que no se borra

Pasaron los meses y ambos siguieron caminos distintos,
pero había algo que nunca lograron olvidar:

las siestas abrazados.

Ese calor humano,
esa respiración compartida,
ese refugio tan profundo,
esa manera de sentirse vistos,
esa paz de dos almas cansadas que por fin encontraban hogar…

Ese recuerdo quedó tatuado en ellos.

Había sido real.
Había sido puro.
Había sido un regalo.

Nadie podría quitárselo jamás.


9. El crecimiento necesario

Carlos empezó a crecer.
A madurar.
A sostenerse a sí mismo.
A responsabilizarse de sus heridas.
A soltar la expectativa de que alguien lo salvara.

Mónica, también en silencio,
comenzó su propio camino de reconstrucción.
A buscar calma.
A integrar lo que vivió.
A entender su miedo.
A mirarse por dentro.
A recuperar su poder.

Ambos siguieron adelante.
Pero algo en lo profundo permaneció:

el cariño,
la verdad,
la luz que se despertó cuando se abrazaban,
la sensación de que habían vivido algo que no se vive dos veces en la vida.


10. ¿Habrá reencuentro?

Eso no lo sabe nadie.
No hace falta saberlo.

Lo que importa es que ese amor,
aunque no se sostuviera en el tiempo,
fue real.

Y lo real deja raíces,
aunque la vida tome otros caminos.

Carlos y Mónica se recordarán siempre con gratitud,
con ternura,
con respeto,
con la conciencia de que lo que vivieron
no fue un error,
sino una enseñanza.

El abrazo que compartieron despertó mundos dormidos en ambos.

Y a veces,
la misión de un alma en nuestra vida
no es quedarse,
sino despertarnos.


FIN

Autor: Avak Josh (2026)

More From My Blog